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La cámara de ECO
La cámara de ECO
16 Mayo, 2018
Andrés Felipe Marín Cortés

El pasado mes de enero Joshua Topolsky escribió una columna para la revista The New Yorker, en la que recuerda la función que cumplió Twitter, durante el atentado terrorista en la maratón de Boston en 2013, al informar en tiempo real que algo, visceral y violento, estaba pasando. Esta red social también fue muy útil para la conformación de movimientos sociales como el Occupy Wall Street y el M-15; así como para convocar en Ciudad de Túnez a multitudes de ciudadanos que protestaron contra el status quo durante la Primavera Árabe. Además, Twitter, se ha convertido en el megáfono predilecto de políticos de carriel y sombrero para moldear siniestramente un sector de la opinión pública, y de millennials hambrientos de likes y retweets, como si se tratase del apocalipsis zombi vintage en redes sociales.

Visto así, Twitter puede ser una red social tan útil como peligrosa y frívola, pues cualquiera que tenga un smartphone o una computadora puede abrir una cuenta y decir lo que le plazca, aunque sea con mala ortografía y desafiando al extremo las reglas gramaticales.

Independientemente de los propósitos para los cuáles se empleen las redes sociales, vale la pena entender que éstas tienen un diseño oculto que nos hace creer que el mundo propio es el mundo en su totalidad. Tal y como nos lo muestra Giorgios Lanthimos en su película Canino; en ella una pareja de esposos mantiene a sus tres hijos hasta la adultez encerrados entre los límites de su mansión, sin posibilidades de conexión con el mundo exterior y separados de éste por un muro altísimo, haciéndoles creer que el campo es del tamaño de su jardín, y que el mar es tan vasto como su piscina.

Expongamos un ejemplo: la semana pasada pregunté a algunos amigos que votaron sí en el plebiscito del pasado 2 de octubre para refrendar el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla, si la mayoría de sus contactos en Facebook estaban a favor o en contra del proceso de paz. Todas las personas a las que pregunté respondieron que en general sus contactos están a favor de la negociación política. A esta altura del texto las respuestas parecen bastante obvias pero hubo un par de ellas que llamaron mi atención: Un amigo me dijo que “los del no” no conformaban la mayoría de sus contactos, y además me expresó que estaba seguro que las personas que componen ese pequeño grupo no son lectores habituales. Son hombres y mujeres trabajadoras, que se las arreglan con la vida diaria como cualquiera de nosotros, pero que definitivamente no tenían la lectura como uno de sus hábitos cotidianos. Mi amigo es un lector aplicado. Otro amigo me dijo tajantemente que no tenía muchas personas en sus redes sociales que estuvieran en contra del proceso de paz, y de hecho, había comenzado a eliminarlos sistemáticamente de sus cuentas en redes sociales. De su parte escuché en varias ocasiones argumentos para votar sí, y los posibles beneficios que traerá firmar el acuerdo de paz. Seguramente muchos de sus contactos piensan parecido a él. Más allá de leer estos hechos como simples actos de exclusión o de libertad individual para elegir con quién preferimos estar en contacto, podríamos interpretarlos como efectos y no como causas en sí mismas. Estoy seguro que mis amigos no creen que todos los que votaron no en el plebiscito son lectores mediocres o personas desinformadas; lo que me parece es que ellos, al igual que cada uno de nosotros, se han hecho a un público en redes sociales muy parecido a sí mismos.

Las redes sociales refuerzan la idea de que lo que pensamos está en consonancia con lo que el mundo es, y ayudan a reducir el ruido que generan las contradicciones, los contrargumentos y las críticas severas. Sumado al hecho de que nuestro público refuerza lo que decimos con reactions, likes, retweets y shares.

¿Cómo funciona esto? Las redes sociales están diseñadas como cámaras de eco. Una cámara de eco es un espacio hueco para producir la reverberación de sonidos. Hay de muchos tipos: las cavernas, los teatros de ópera de los siglos XVII y XVIII, las catedrales góticas, las consolas y pedales electrónicos como los que usó Slash para emocionar a cuarentones nostálgicos en el concierto de Guns and Roses, y, por supuesto, las redes sociales.

Este año Twitter puso en marcha un algoritmo que hace que sus usuarios lean únicamente aquello que les interesa. Es posible que queramos seguir a alguien pero no necesariamente queremos leer todo lo que éste escribe, así que la red social selecciona los tweets que son similares a aquellos a los que le hemos dado like o retweet; así se mantienen cerca los mismos discursos, expresiones parecidas, ideas similares, simpatías compartidas y representaciones compatibles. No hace falta buscarlas porque las redes las traen a nosotros, otorgándole consistencia a nuestra burbuja de la realidad y haciéndonos creer que las opiniones antagónicas son ínfimas o inexistentes.

Aun si reconociéramos la existencia de las ideas con las que estamos en desacuerdo, es muy probable que creamos que son más planas, superficiales y simples que las nuestras. Los psicólogos sociales cognitivos opinan que percibimos a los miembros de los exogrupos como personas muy similares entre sí, mientras que los miembros del endogrupo solemos percibirlos con más diversidad y riqueza. O como dice una amiga “Que tragedia debe ser vivir en China donde ves a tu exnovio en cada esquina”.

Hoy en día, la manera cómo entendemos los acontecimientos de la realidad no tiene como única fuente los medios tradicionales de comunicación que operan con broadcast, sino además, y fundamentalmente, las redes sociales que usamos a diario. No dependemos más de las políticas editoriales del periódico o el noticiero alineado con el gobierno de turno. Somos los creadores de los contenidos que consumimos en Internet.

El problema radica en la estructura con la Facebook y Twitter están diseñadas, pues la información que vemos en nuestras cuentas de redes sociales es menos diversa, más homogénea y compacta. Más parecida a uno mismo y a sus propios gustos, y por lo tanto menos variada y múltiple.

¿Qué retos nos presenta este fenómeno? Uno de ellos podría ser las implicaciones que tiene el uso de las redes sociales para el establecimiento de las relaciones humanas, que en su naturaleza están plagadas de contradicciones y malos entendidos. Twitter y Facebook nos ayudan a disminuir el ruido, razón por la cual no encontramos, por ejemplo, botones de dislike, que tantas veces hemos deseado pulsar. Lo máximo es un reaction con carita de enojado que simplifica las razones por las cuales alguien podría estar molesto a causa de lo que hemos publicado. Además tenemos la posibilidad de bloquear o eliminar a otros, y en los casos más políticamente correctos, dejar de seguir sus publicaciones sin tener que pasar por la penosa situación de excluirlos de nuestra lista de contactos, y enfrentarnos a la incómoda pregunta “¿Por qué me eliminaste del Facebook?” Uno de los peores agravios contemporáneos entre personas que no se ven nunca.

En redes sociales queremos “me gusta” en lugar de “lo que dices me parece una mierda”. Queremos lejos de nuestro mundo ese tipo de tensiones. Cuando estamos en Facebook queremos estar entretenidos, no que se nos enrostre que el otro nos limita. Buscamos justamente lo contrario, que el otro nos replique, nos afirme y nos expanda en esta cosa que todavía no entendemos muy bien llamada Web 2.0.

El otro reto es la pregunta por la identidad hipermoderna. ¿Quién soy en redes sociales? Hagamos un recorrido fugaz. Fotografías de fiestas y viajes, logros,  opiniones expresadas en posts como “Por fin vacaciones”, “Que tristeza ganó Trump” o “Zidaneponé pues a James!”, la música que escuchamos y las noticias que leemos. En todas estas imágenes se repite la misma escena: las publicaciones que leemos de nuestros contactos, son generalmente aquellas que hemos señalado como “me gusta” en los perfiles que más visitamos. Quienes tenemos cuenta en Instagram sabemos bien que, cuando presionamos la lupa para encontrar posibles contactos, los videos y fotos que nos sugiere la red social son copias, de otras caras y otros paisajes, de imágenes que hemos visto antes.

En síntesis, cuando ingresamos a una red social, cualquiera que sea ésta, no vemos a los demás sino que nos vemos a nosotros mismos, una y otra vez. Entramos en un espacio vacío y gritamos “¡Holaaaa!”, y desde adentro, algo que creemos es otro, nos saluda de vuelta.

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