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Elegir la esclavitud
Elegir la esclavitud
16 Mayo, 2018
Andrés Felipe Marín Cortés

Imaginemos la siguiente escena: una joven, vestida con un suntuoso abrigo de mink, sostiene un látigo entre sus manos mientras se dirige a un hombre. Él, con el torso descubierto, está atado por las muñecas a una reja de hierro. La chica, rodeándole, le mira de abajo a arriba, y mientras inclina la cabeza para contemplar su espalda, le dice en tono provocador: “¿Puedes dejar de ser orgulloso y callado? Llora, grita, suplica clemencia”. Después de intercambiar un par de frases entre ellos, imaginemos a la joven gimiendo con todas sus fuerzas cada vez que azota al hombre con severidad una, dos, tres… dieciséis, diecisiete, dieciocho… veintidós, veintitrés y veinticuatro veces consecutivas.

En principio, todo esto parecería ser el Lado B de 50 Sombras de Grey, pero el contexto en el que ocurre está muy lejos de las excentricidades y lujos de Christian y Anastasia. La escena ocurre en la década de los treinta del siglo XX, en el sur de los Estados Unidos; en el país de La Libertad Iluminando el Mundo.

Ahora, instalemos a nuestros supuestos amantes en un descampado, y dónde más, sino en una plantación de algodón de algún estado sureño como Alabama o Misisipi. También, pongámosle un poco de color: ella es blanca y él es negro. Y sumémosle el hecho de que no están solos, alrededor de ellos están de pies niños, mujeres, ancianos y otros jóvenes; todos negros, todos observando en silencio cómo disciplinan a uno de los suyos. Todos reconociendo en la carne destrozada por el látigo, el lugar que ocupan en ese escenario.

Lo que hace más perturbadora la escena, no es la resignación con la que varias personas aceptan ser sometidas por una sola, sino la manera orquestada en que todos, incluida la jovencita, consiguieron que esto sucediera. Esos esclavos no estaban obligados a estar ahí, pues había pasado más de medio siglo desde la firma de la decimotercera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Esos esclavos querían estar ahí, ya que a pesar de los azotes y maltratos, no tenía que suplicar por la vivienda o agradecer por los alimentos, puesto que de antemano habían pagado por ellas con su libertad. Tampoco tenían que preocuparse por cosas como el momento de la siembra o la hora de la cena, ya que siempre había un amo que los indicara.

Nuestra escena, ahora con más forma y matices, hace parte de la película Manderlay (2005) de Lars Von Trier. El director danés nos demuestra en su film que, a veces, para ser esclavo solo basta con desear serlo. Y es justamente eso lo que creo que ocurre en pleno siglo XXI, en la era de la Web 2.0.

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El neologismo Internet proviene de la composición de las palabras Interconnected y Networks, Inter-Net. El término se difundió tanto que es común escuchar a las personas hablar de Internet cuando en realidad se refieren a uno de sus servicios específicos: la red informática mundial o World Wide Web, cuyas iniciales digitamos en los buscadores para acceder a páginas de hipertexto. La red informática mundial tampoco es lo mismo que la Web 2.0; pues esta última es Internet convertida en un espacio social, es decir, es un escenario en el que actores sociales se conectan, interactúan, comunican, crean y consumen contenidos, construyen comunidades y configuran identidades, usando servicios6 como blogs, wikis, social bookmarkings, podcasts o RSS7, a través de aparatos electrónicos como ordenadores, smartphones, tablets, entre otros.

De la gran variedad de servicios de la Web 2.0, son los Social Media los que me generan más preguntas como investigador social. Estas tecnologías mediadas por computadoras, son utilizadas para crear y compartir información a través de comunidades y redes virtuales. Algunos de los Social Media más populares son Facebook, Twitter, WhatsApp, YouTube, Snapchat e Instagram.

La diferencia fundamental de los Social Media respecto a los medios de comunicación que operan con radiodifusión, es su carácter dialógico. Para decirlo de otra manera, la televisión es el impero de la resignación, puesto que únicamente nos queda aceptar o rechazar, los contenidos que alguien más ha definido para nosotros, sin la posibilidad de modificarlos o interactuar con ellos; mientras que en Facebook, por ejemplo, nosotros somos creadores y consumidores de sus contenidos; allí contactas y te comunicas con otros, envías y recibes emojins, construyes una imagen de ti mismo y expresas tus opiniones acerca de lo divino y lo mundano. Aunque los más optimistas llamen ingenuamente a esta construcción colectiva, “la democratización de la red”, desde mi punto de vista se trata de una versión brillante y colorida, pero igual de perversa, de esclavitud.

En esta nueva forma de esclavitud, a diferencia de la ocurrida en los Estados Unidos hasta 1865, nadie nos obliga a vivir como esclavos, sino que al igual que los habitantes de Manderlay, nosotros deseamos vivir así, pedimos vivir así, elegimos vivir así.

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Lo que define a un esclavo no únicamente la restricción de su libertad en contra de su voluntad, porque si fuera solo eso, un secuestrado sería un esclavo, y sabemos bien que no son la misma cosa. Un esclavo se define al menos por otros tres aspectos: 1) Está bajo el dominio de otra persona, 2) Está sometido a un deber, una pasión o un vicio; y 3) Es una persona obediente y sumisa.

Esclavismo y esclavitud tampoco son la misma cosa. El primero término se refiere a un régimen económico y social en el que un hombre llega a ser propiedad de otro. En cambio, la esclavitud es una manifestación del poder de un sujeto con respecto a otros que no considera iguales en el marco de su propia cultura. Un ejemplo de esclavitud sin esclavismo lo encontramos en los frailes españoles de la época de la colonia, quienes liberaron a los indígenas del régimen esclavista pero practicaban con ellos la esclavitud10 porque no los consideraban semejantes. Una de las expresiones de la esclavitud es la inequidad inherente a una relación de poder en extremo desigual; por ejemplo, los esclavos del siglo XIX que recolectaban tabaco durante largas horas bajo el sol en el Estado de Virginia, no recibían un salario por todo ese tiempo y labor, y más importante aún, no esperaban recibirlo; aunque cada vómito en la tierra, cada dolor abdominal, cada disnea, cada cefalea y cada muerte, a causa de la “enfermedad del tabaco verde”, enriquecieran a su amo.

Es especialmente a este último aspecto al que me refiero cuando digo que, habitar los Social Media es elegir la esclavitud.

En 2015, Common Sense Media publicó un informe acerca del tiempo que los niños y adolescentes pasaban usando medios. Una persona entre 8 y 18 años invertía en promedio, hace dos años, 9 horas diarias navegando en la red, jugando videojuegos o mirando películas y videos. Eso es equivalente a una jornada laboral más hora extra, o el tiempo que le tomaría a Dennis Kimetto, el maratonista más veloz del mundo, correr cuatro maratones y media, sin detenerse ni perder ritmo.

Es muy probable que en 2017 ese número de horas que las personas invertimos en Social Media, haya aumentado. Me atrevería a afirmar que, para este momento de la lectura, muchos de ustedes ya habrán revisado su Smartphone por lo menos una vez, o quizá lo estén haciendo en este momento.

El tiempo en sí mismo no es el problema, pues para cualquier proyecto que se emprenda se requiere de nuestro tiempo, de nuestras horas de dedicación. El problema acá es el tipo de transacción de la que participamos mientras pasamos horas enteras en Facebook, Twitter o Instagram. Dicha transacción es exceso inequitativa, pues cada minuto de nuestro tiempo en Social Media se traduce en datos que enriquecen a sus dueños y a las empresas a los que esos datos son vendidos, las cuales luego nos ofrecerán productos que de antemano sabían que podíamos comprar.

Así entonces, cada actividad nuestra en Social Media enriquece a sus dueños, mientras los usuarios que creamos los contenidos que consumimos, no recibimos rédito, y más importante aún, no esperamos recibirlo.

Durante la época de la Sociedad Industrial la cosa era, aunque deplorable, bastante más dignificante, pues a cambio de su fuerza de trabajo, el proletario recibía, independientemente de las buenas o malas condiciones laborales, un salario. Ahora, en la época de la Sociedad de la Información lo máximo que la gran mayoría de usuarios de Social Media reciben es entretenimiento.

Ambos casos están enclavados, aunque de maneras diferentes, al mismo sistema-mundo: el capitalismo; que en palabras de Renán Vega Cantor, no es otra cosa más que un tipo de relación entre quien tiene los medios de producción y quien solo tiene su fuerza de trabajo. Una versión actualizada de esta definición, que me atrevería yo a decir es, el capitalismo, en el marco de la Web 2.0, es un tipo de relación entre quien tiene los medios de producción y quien dedica, por voluntad propia, el tiempo de su vida a enriquecer al otro.

Elegir la esclavitud es, al igual que el pueblo de Manderlay, ser consciente de que existe la posibilidad de no deberse a un amo, pero aún buscarse uno.

Byun-Chul Han señala que el capitalismo neoliberal no emplea las técnicas de poder opresor de antaño, sino que utilizan un poder seductor, que consigue que los sujetos se sometan por sí mismos a la trama de dominación.

Por ejemplo, he visto circular desde hace un tiempo para acá, un video que a muchos conmueve pero que oculta un peligroso mensaje. Se trata del testimonio de Yeonmi Park en el foro One Young World de 2014. Yoenmi relata su trágica historia de huida del régimen de Kim Jong-un en Corea del Norte. Con lágrimas en su rostro, cuenta experiencias terribles como la violación de su madre, así como las absurdas prohibiciones y violentos castigos del régimen. Su discurso inicia diciendo que en Corea del Norte no hay Internet, ni muchos canales de televisión ni tampoco mucha ropa entre la cual elegir cuando van de compras, seguido, equipara estas cosas con la idea de libertad. Llama mi atención que, al menos en ese video, no dijera cosas como que en su país natal no hay hospitales de calidad, educación pública para todos los ciudadanos o suficientes plazas de trabajo. Estoy convencido de que en Corea del Norte se vive bajo una dictadura, pero no quiero dejar de señalar que lo que dice esta chica cuando habla de la libertad, representa muy bien el pensamiento occidental, esto es, libertad para consumir y entretenerse.

De este lado, sabemos que nuestro sistema de salud es paupérrimo, que el trabajo es precarizado y que hay pocas plazas en la universidad pública para miles de candidatos; pero tenemos cable con cientos de canales, Netflix y Youtube, Facebook, Twitter y Tinder. Cosas que, a pesar de elegir la esclavitud, nos hacen sentir libres.*

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